Cuento.
Habían sido inseparables y amantes esposos. Felices. Muy felices durante algunos años; habiendo basado sabiamente su felicidad en la exaltación dichosa de sus logros. Sin tomar demasiado en cuenta sus carencias, sobre todo económicas, ni la frágil salud de ella. Lo que cobraba por sus horas cátedra, apenas cubría sus necesidades, no alcanzaba para anhelos ni sueños. Desde su doctorado en arqueología, casi todo su tiempo había transcurrido entre su amada esposa, talentosa arquitecta, y los claustros universitarios, excepto unos pocos trabajos de campo y algunas prospecciones, que le habían dejado acariciar, apenas, su realización profesional. Igualmente que la mayoría de los matrimonios, atesoraban sueños, que algún día podrían, tal vez, llegar a realizar.
Pero un proyecto común tenían, desde cuando todavía cursaban sus estudios: planeaban realizar un trabajo interdisciplinario, arqueológico y arquitectónico. Un estudio minucioso y profundo sobre los castillos de la vieja Europa. Sueños... que quitan el sueño... La realidad de su situación económica por un lado, la felicidad compartida con su muy querida esposa por el otro, ponían esos sueños en segundo lugar.
Luego del sorpresivo agravamiento de la delicada salud de su esposa, debió enfrentarse a la viudez. La terrible amputación sentimental, fue muy dura de sobrellevar. Mudó su semblante. La sutil pendiente de su cruel realidad, se empeñaba en enviarlo al lánguido pozo sin fondo de la depresión. Sus amigos y familiares intentaron sacarlo de su dolorosa situación sentimental por distintos medios, sin éxito. Evidentemente, toda su rutina cotidiana estaba íntimamente ligada a su deliciosa compañera, y ahora le exhibía, sin pudor, la presencia de su ausencia. Al salir de la Facultad, temía el retorno a su casa. El bullicioso ambiente estudiantil, contrastaba demasiado, con la oscura luz de su casa. Esa casa que parecía llenarse, cada vez más, con el perfume del amor de su vida. Hasta los leños en la chimenea, con su calor le helaban los huesos. ¿Cómo conjugar amor con soledad? Imposible compartir con ella, su viejo y anhelado estudio sobre los castillos europeos... ¡Cuántos recuerdos! Proyectos ahora truncos. Sueños ya imposibles... Sueños... que quitan el sueño...
Días después, y antes que la sutil pendiente de su cruel realidad, lo enviara al lánguido pozo sin fondo de la depresión, recibió la noticia de la herencia de un tío, que su esposa tenía en Avila, España. Pero él había asumido, que nada podía devolverle las ganas de vivir. Sus allegados trataron en vano de animarlo para que viajara a España, y así poder legalizar el asunto de la herencia. Fue un amigo antropólogo, colega de aulas, quien acertó al encontrar el argumento eficaz, para hacerle comprender que, indirectamente, su querida esposa, luego de muerta, le estaba acercando los medios para hacer realidad su postergado proyecto común.
Esta última razón tuvo suficiente fuerza para devolverle su anterior sentido de la vida. ¿Tanto lo amaba ella, como para llegar a cuidar de sus anhelos aún después de muerta? Ver materializarse el viejo sueño común, le hacía posible disfrutar su compañía in absentia, ya que el proyecto pertenecía intelectualmente a ambos, así como antes, también ahora.
Cumplidos algunos trámites diplomáticos, tendientes a facilitar su quehacer científico, en su arribo al viejo continente, se apresuró a trazar un cuidadoso itinerario, reuniendo todas las referencias necesarias, para llevar a cabo un trabajo de investigación arqueológica, único en su género. El recuerdo de su amada arquitecta, lo acompañaba en cada gestión. ¡Cuántos conocimientos habían podido intercambiar en sus vidas, y cuánta relación existe entre ambas disciplinas, a pesar de ser tan diversas!
Habiendo obtenido en la Facultad un permiso especial del Secretario Académico para ausentarse, se aprontó a viajar, tras la cordial despedida que sus colegas y estudiantes le ofrecieron. (Para ellos, en realidad, era la celebración, de la recuperación sentimental de tan apreciado profesor). ¡Daba gusto verlo volver a vivir, lejos de la apática sombra de la tristeza!
Pronto llegó el día en que se enfrentara con el primer castillo de su larga lista. Como lo habían acordado siempre con su esposa, el primero del estudio sería el de Valdecornejas, en El Barco de Avila, tierra de los antepasados de ella, que había estado siempre presente en los relatos de los abuelos. Finalmente recorrió los ochenta kilómetros que hay entre la ciudad amurallada de Avila, hasta el Municipio Español de El Barco de Avila, pequeña comarca serrana de más de dos mil habitantes. Su corazón latía con fuerza. A través de las lágrimas, veía temblar a lo lejos, en lo alto de la colina, la colosal figura del allí olvidado castillo. Cerca de quinientos de ellos habían formado, hacia el siglo XIV, el sistema defensivo de la región, en su trajinar histórico. Dejaron de construirse, cayendo en abandono, a medida que el uso de la pólvora los hicieran cosa vulnerable. Unos pocos se conservan, tras su restauración en lo que va del presente siglo, ahora convertidos en sedes de entidades culturales o gubernamentales. El de Valdecornejas, y muchos otros, se hallan en abandono y su estado es ruinoso, esperando que los arqueólogos desentrañen algo más, de sus agónicos secretos. La tradición popular sigue contando sobre ellos, historias que nadie puede desmentir, pero tampoco demostrar. Como la vieja menta popular que asegura que ya son seis, los "curiosos" por la historia de este castillo, que perdieron la vida ante el pórtico mismo de la torre del homenaje, hasta que finalmente nadie más se interesó por el lugar. Los indicios de la realidad histórica oculta se desvanecen, cada día que pasa sin que los especialistas actúen. Y ahí va nuestro arqueólogo. Trepando peñas. Saltando obstáculos. ¡Ya se acerca! La cuesta es fatigosa. Seis siglos pesan mucho, sobre las dos piernas del catedrático argentino, pero no demasiado para su tremendo entusiasmo desatado. Ahora o nunca... - dice entre jadeos. Y busca a su dulce amor musitando: ¡al fin llegamos!... Al fin llegamos. Repetirlo en plural lo conforta... le ensancha el corazón... lo alivia... lo acaricia...
Ya pasó el umbral de lo que fuera la poterna de entrada. De la muralla, quedan ruinas y algunas torres de flanqueo en pie. Embargado por mil emociones, casi no advierte que está caminando por la barbacana, que era el patio de armas, y tierra de cultivo y crianza de animales para el consumo, en tiempos de asedio. Actualmente, un viejo y pintoresco vecino, toma el lugar por aprisco y deja pastando allí sus ovejas, que mantienen la hierba bien cortada, casi raída.
Necesita descanso para recuperarse de la fatiga y usa como asiento una piedra salida del brocal del pozo. Mira su entorno. Desde ahí puede ver el lugar. Está frente mismo a la torre del homenaje; una extensa escalinata de piedra, tan ancha como todo el frontispicio termina en una gran explanada. Se dibujan en su mente, las pomposas ceremonias que se habrán realizado en esas gradas, pisadas, hace centurias, por personajes tan poderosos. El sobrio y severo frontispicio, cuyo único ornato lo constituyen, dos escudos esculpidos en los mismos sillares del muro, algo recubiertos por líquenes y musgos. Tiene en el centro un arco de medio punto, hecho con dovelas de piedra cincelada, y la clave labrada que forma el imponente pórtico por el que se accede a la torre del homenaje. Es un sobrio palacio edificado con sillares de piedra, cuyas únicas ventanas son las numerosas saeteras, estrechos vanos destinados al disparo de flechas mediante arcos y ballestas. Era el lugar donde residía la poderosa familia, su séquito, la porción más íntima de la servidumbre, y oficiales encargados de la defensa del bastión. Estaba maravillado por el excepcional tallado de las piedras, sobre todo en las bandas aristales, que a pesar de la meteorización y erosión sufrida por el paso de los siglos, denotaban gran calidad en la mano de obra, lo que sin duda habla del poderío y riqueza de la noble familia que señoreaba el bastión, y que había tenido acceso a los mejores maestros pedreros de entonces. Pero lo que más lo cautivó, fue una inscripción cincelada en la clave del arco, y que los líquenes ocultaban parcialmente dejando leer sólo las primeras palabras:
A NADIE PERTENEZCO
Y A TO .
A esta altura de los hechos, decidió por donde iba a comenzar su tarea. Para retirar los líquenes necesitaba elementos y autorización. Se dirigió a la Universidad Complutense de Madrid, para contactarse con el rectorado, a fin de que le presentaran a los profesores de la especialidad y poder así gestionar las debidas licencias, para iniciar las tareas, ya que, si bien el castillo se encuentra en estado de ruinoso abandono, hay leyes que protegen esos lugares.
Cumplió con todos los trámites, que resultaron algo más complicados que lo previsto, a pesar de la muy buena disposición de la gente de la Universidad y del Museo Arqueológico Nacional de Madrid, que a último momento, colaboró poniendo a sus órdenes un equipo de tres estudiantes, voluntarios del Laboratorio, que fueron dotados del equipo necesario, para realizar las diversas fases preparatorias y de ese modo poder comenzar las prospecciones iniciales. Por otra parte todo lo realizado debía ser minuciosamente documentado con escritos, esquemas, croquis, fotografías y vídeos.
El gran entusiasmo, no lo dejó descansar bien esa noche, pese a su agotamiento físico del día anterior. Le alegró mucho poder contar con la simpática ayuda de esos tres alegres estudiantes; aunque, la ausencia asumida de su amada esposa, seguía siendo su más grata compañía.
Cuando llegaron nuevamente al castillo, los jóvenes se pusieron a preparar unas lejías, para remover los líquenes que cubrían la inscripción de la clave del arco, para poder así descubrir el texto completo, lo cual, a esta altura, ya era para él, una opresiva obsesión. En modo inconsciente, y desde sus más recónditas fibras, iba creciendo en él, la singular sensación de que la inscripción le estaba queriendo decir algo personal. Los estudiantes estaban un poco extrañados, por la premura en descubrir el texto que, si bien era tema interesante, la metodología indicaba otras prioridades. Por eso, tal vez para disimular su obsesiva curiosidad ante sus ayudantes, los dejó con sus químicos, y se fue a dar un vistazo, a los aposentos y demás dependencias. Rato después caminaba por parte algo derrumbada de la terraza central. Desde lo alto divisaba la triste vista de las otras techumbres, muchas de ellas desplomadas ya hacía siglos. Sus ojos, adiestrados para observar y evaluar con agudeza, se posaron por largo rato sobre las limatesas de una lucarna, a muchos metros por encima del pórtico, que siendo simétricas, habían contado con siete tejas de cada lado. Una, tenía las siete. A la otra, sólo le quedaba una en el extremo más bajo. Estaba allí, como suspendida; no había logrado desplomarse, a pesar del constante revuelo de las cornejas; (que con las ratas, los gatos y las ovejas del viejo pintoresco, se habían constituido en la nueva nobleza del ruinoso castillo de Valdecornejas). Mirando aún la teja en cuestión, e intentando compartir con su amada, susurró: ¿Por qué no habrá caído aún, querida? ¡Es que no le ha llegado el momento todavía! - replicó él mismo, cerrando en monólogo lo que quiso abrir en diálogo.
Terminada su primera prospección, decidió volver con sus jóvenes asistentes. Un compulsivo borbotón de curiosidad lo empujó a salir del castillo. Al llegar a la explanada, los jóvenes le dieron justamente la noticia que él esperaba oír: acababan de desprender los líquenes. La piedra, sin sufrir daño alguno, había quedado totalmente limpia. Giró sobre sus talones para leer, ansioso, la enigmática escritura de la clave del arco. Recién lavada, aún mojada y como llorando en gruesas gotas, la vieja piedra, en nombre del castillo de Valdecornejas, le dejó leer en todas sus letras...
A NADIE PERTENEZCO
Y A TODOS.
ANTES DE ENTRAR
YÁ ESTABAS AQUÍ.
QUEDARÁS AQUÍ
CUANDO SALGAS.
Quedó abrumado. Como hipnotizado. Al contemplar la piedra, sus ojos vislumbraron un abismo hacia el cielo. Hubo un instante, con ecos de eternidad. De estar solo, se hubiese atrevido a gritar... ¡voy contigo, mi amor!... pero no pudo. En lo alto, el hondo silencio fue roto por un batir de alas. Un filoso sonido de aire surcado se oyó, ya sin tiempo para nada. Quedó tendido en la explanada. Un revuelo de cornejas había dejado caer... LA SÉPTIMA TEJA.
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